Solía dormir tarde, ver el cielo y caminar con la mirada
baja. Por alguna razón trataba de escribir poemas parcos al inicio de las
fiestas y en las salas de espera. Siempre empezaban con tu nombre y alguna
imagen blanca. Te pudiste llamar el sueño
de los solitarios, corazón de tiza, te
hubiera preguntado en el final de cualquier noche por qué lado del cielo se
escapa la luna y de tu cuello hubiese amanecido todo cuanto necesitase un mundo
para seguir existiendo. Que feroz fue tu latido, con que fuerza pudimos
estrechar las manos, cuantas tardes me dejaste desoladas. Pero al final llegaste con el rubor de boca
que añoré siempre y pregunto de que asfixia vendrá tu beso. Por si acaso, he colgado
flores en la tumba de este hombre que no ha dejado de esperarte.
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