Cincuenta y nueve es un número primo, aunque eso no importa aprendí a contar hasta cincuenta y ocho, despacito, a conocer el valor absoluto de la infelicidad y a que después de verte a los ojos puedo bajar la cabeza y llorar. Sucede un largo rato de silencio, palpita fuerte. Son las tres. El tiempo siempre muere en el momento menos grave y sobre la mesa desvanezco países, ciudades y delirios. Espero verla pronto, le digo, antes de volver a este desastre, y eso es demasiado.
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